Un trabajo de ensueño en una ciudad sin lujos
Orange, Nueva Jersey, 1917. La United States Radium Corporation abre sus puertas a decenas de mujeres jóvenes, muchas recién salidas de la adolescencia, para un trabajo que parecía sacado de un cuento de hadas industrial: pintar los números de esferas de reloj, brújulas e instrumentos militares con una pintura que brillaba en la oscuridad. Pagaban casi el triple que cualquier otra fábrica de la zona. El material se llamaba Undark. Contenía radio.
La técnica que enseñaban a las obreras se conoció como lip, dip, paint: humedecer el pincel entre los labios para afinar la punta, mojarlo en la pintura radiactiva, aplicar el trazo. Repetir cientos de veces al día. Nadie les explicó que cada gesto era una dosis. Al contrario: se les decía que el radio era saludable, casi medicinal, y algunas se pintaban las uñas o los dientes para sorprender a sus parejas cuando se apagaban las luces.
Entre 1917 y 1929, la industria del dial radiactivo empleó a miles de mujeres en plantas de Nueva Jersey, Illinois y Connecticut. La correspondencia interna de la compañía y los testimonios posteriores en los tribunales revelarían que, mientras las obreras manipulaban el material a mano desnuda, los químicos y directivos de la planta usaban pinzas, delantales de plomo y máscaras para evitar el contacto directo con el mismo polvo que consideraban "inofensivo" para sus empleadas.
Cuando la mandíbula se rompe como yeso viejo
Los primeros síntomas parecían menores: un dolor de muelas persistente, una encía que sangraba sin motivo. Después llegaban las extracciones dentales que nunca cicatrizaban, la anemia, las fracturas espontáneas y la necrosis del hueso maxilar —un cuadro tan característico que terminaría conociéndose como "mandíbula de radio". El caso que abrió los ojos a médicos y periodistas fue el de una obrera de la planta de Orange que, tras años de dolor mandibular mal diagnosticado, murió en 1922. Su médico atribuyó la muerte a sífilis. La empresa no lo desmintió.
Ese patrón —enfermedad real, diagnóstico falso o directamente estigmatizante— se repitió con una regularidad que hoy resulta difícil de leer como casualidad. La compañía sugirió públicamente que las obreras enfermas padecían enfermedades venéreas o que ya llegaban "físicamente débiles" a la fábrica, desplazando la responsabilidad de la enfermedad hacia la vida privada de las propias víctimas.
Un patólogo de Newark, Harrison Martland, fue quien finalmente conectó los puntos: analizando tanto a obreras vivas como fallecidas, documentó niveles de radiactividad que solo podían explicarse por la ingestión sistemática de radio a través del trabajo con el pincel. Su diagnóstico —envenenamiento por radio, no sífilis, no debilidad congénita— contradecía frontalmente lo que la propia corporación llevaba años sosteniendo.
Le sostuve la mano cuando le tocaron la mandíbula y sentí el hueso ceder bajo mis dedos, como si fuera yeso viejo. Tenía veinte años.
— Testimonio de una enfermera de planta, década de 1920Un estudio de Harvard, una versión falsificada
A principios de los años veinte, la propia United States Radium Corporation encargó a dos investigadores de Harvard —Cecil Drinker y Katherine Drinker— que examinaran las condiciones de la planta de Orange. Su conclusión fue inequívoca: el ambiente de trabajo estaba saturado de polvo radiactivo, las obreras carecían de cualquier protección, y buena parte de la plantilla mostraba signos claros de haber ingerido cantidades peligrosas del material.
El presidente de la compañía, Arthur Roeder, recibió el informe y amenazó con emprender acciones legales si se publicaba tal cual estaba redactado. Según los registros que después saldrían a la luz en los tribunales, la dirección remitió al Departamento de Trabajo de Nueva Jersey una versión alterada del documento, en la que se afirmaba justo lo contrario de lo que los propios investigadores de Harvard habían encontrado: que las obreras gozaban de buena salud.
La alteración del informe Drinker y su envío falsificado a las autoridades laborales de Nueva Jersey están documentados en los registros judiciales y en la correspondencia de la propia compañía citada por historiadores y por el Departamento de Trabajo. No es una hipótesis: es un hecho que la corporación reconoció implícitamente al no poder sostener su versión ante el tribunal.
El químico jefe de la compañía, que manipulaba radio sin guantes y desarrolló lesiones en las manos, se negó también a adoptar las medidas de protección recomendadas por los Drinker. Murió poco después. La empresa, mientras tanto, seguía vendiendo la narrativa de que el material con el que trabajaban sus obreras era, en esencia, benigno.
La demanda que la prensa bautizó como "Radium Girls"
En mayo de 1927, cinco antiguas pintoras de esferas de la planta de Orange presentaron una demanda formal contra la United States Radium Corporation, reclamando 250.000 dólares cada una por daños y perjuicios. Para entonces, varias de ellas ya no podían caminar sin ayuda; una estaba postrada en cama. Encontrar un abogado dispuesto a representarlas les había llevado años, porque no existía precedente legal para un caso como el suyo.
La prensa, encabezada por el diario New York World, convirtió el caso en un fenómeno nacional y acuñó el apodo que perduraría: las Radium Girls. La defensa de la compañía apostó, con bastante literalidad, por ganar tiempo: solicitó aplazamientos sucesivos con la expectativa, documentada en la prensa de la época, de que las demandantes murieran antes de que el caso llegara a resolverse.
- Grace Fryer
- Edna Hussman
- Katherine Schaub
- Quinta Maggia McDonald
- Albina Maggia Larice
En enero de 1928, en su primera comparecencia, ninguna de las cinco mujeres podía levantar el brazo lo suficiente como para prestar juramento. La compañía, aun así, obtuvo un nuevo aplazamiento hasta septiembre. La indignación pública que siguió a esa decisión —alimentada por columnas de opinión que calificaron la maniobra de auténtico agravio a la justicia— presionó a ambas partes hacia una salida negociada antes de que el caso llegara a juicio.
Cuando ni la ciencia más prestigiosa tenía una respuesta
Consultada por la prensa sobre el caso, la propia Marie Curie —la científica que había aislado el radio tres décadas antes— reconoció que no existía forma conocida de eliminar el elemento una vez incorporado al organismo. Su recomendación, sin base clínica sólida, fue que las mujeres enfermas comieran hígado crudo para paliar los síntomas. Curie moriría en 1934 por una anemia aplásica asociada a décadas de exposición a materiales radiactivos en su propio laboratorio.
La compañía, por su parte, contrató a un médico de la Universidad de Columbia para examinar a una de las demandantes y ofrecer un dictamen favorable a sus intereses. Frente a esa estrategia, el abogado de las obreras recurrió a una física de apenas treinta años, formada en los estándares de medición de radiactividad del gobierno estadounidense, capaz de cuantificar ante el tribunal la cantidad de radio presente en el aliento de las propias demandantes. Fue una de las primeras veces que la evidencia instrumental —no solo el testimonio— pesó de forma decisiva en un litigio de este tipo.
Que la corporación calculara conscientemente que ganaría más aplazando el juicio hasta la muerte de las demandantes es una lectura extendida entre historiadores del caso, apoyada en la cronología de los hechos. No existe, sin embargo, un documento interno que use esas palabras exactas; es una inferencia razonable, no una cita textual de la empresa.
Illinois, una década después, el mismo guion
Mientras el caso de Nueva Jersey ocupaba portadas, la Radium Dial Company de Ottawa, Illinois, aseguraba a sus propias obreras que su radio era "puro" y que el problema había sido exclusivo del material usado en la planta de Orange. La compañía ya realizaba pruebas de detección de radiactividad en sus empleadas desde mediados de los años veinte y, según se acreditaría después ante la comisión estatal, ocultó los resultados a las propias trabajadoras examinadas.
Una de ellas, Catherine Wolfe Donohue, se convertiría en el rostro de la segunda gran batalla legal del caso. Con menos de treinta kilos de peso y demasiado débil para desplazarse, testificó en 1938 desde su propia cama ante la Comisión Industrial de Illinois. El fallo, favorable a las obreras, llegó el mismo año en que ella murió.
Los médicos no sabían qué me pasaba: unos hablaban de malaria, otros de cáncer. Nadie mencionaba el radio.
— Relato atribuido a una obrera de la planta de OttawaLo que cambió cuando ya era demasiado tarde para ellas
El acuerdo de 1928 estableció para cada una de las cinco demandantes de Nueva Jersey una compensación de 10.000 dólares, una anualidad vitalicia de 600 dólares y la cobertura de todos los gastos médicos futuros, evaluados por un panel médico independiente. Ninguna de las cinco sobrevivió más allá de la década siguiente.
El impacto legal, sin embargo, se extendió mucho más allá de los nombres propios del caso. La presión pública derivada de la cobertura mediática impulsó cambios en el reconocimiento de enfermedades profesionales, y el caso de Illinois, resuelto una década después, terminó de forzar reformas en los plazos de prescripción para enfermedades laborales de desarrollo lento —el mismo tecnicismo legal que estuvo a punto de dejar a las obreras de Nueva Jersey sin ninguna vía de reclamación.
La pintura de radio para esferas se mantuvo en uso, con protocolos de seguridad ya reales, durante décadas más, hasta que fue sustituida progresivamente por materiales menos peligrosos a partir de los años sesenta y setenta.
¿Cuánto tarda una corporación en admitir lo que ya sabe?
El caso de las Radium Girls no requiere especulación para resultar inquietante: la cronología documental basta. Una empresa que protegía a sus propios químicos con guantes y delantales mientras aseguraba a sus obreras que el mismo material era inofensivo. Un informe científico alterado antes de llegar a una autoridad estatal. Aplazamientos judiciales calculados sobre la expectativa de que las demandantes no vivieran para ver la sentencia.
Lo que no se puede afirmar con la misma certeza es hasta qué punto cada actor individual —médicos, directivos, abogados— comprendía en cada momento la magnitud exacta del daño que se estaba causando, frente a cuánto fue negligencia, presión corporativa o simple ignorancia científica de una época en la que la radiactividad todavía se vendía como tónico de farmacia. Ahí termina el hecho documentado y empieza el juicio que cada lector deberá hacerse por sí mismo.
Este expediente combina hechos verificados en registros judiciales, prensa histórica y estudios académicos con interpretaciones razonables sobre las motivaciones de los actores implicados. Las cifras de víctimas mortales varían según la fuente consultada y no existe un recuento oficial único. El criterio final sobre qué fue negligencia y qué fue cálculo deliberado corresponde al lector.