Entre el final del cuarto milenio y el transcurso del tercero antes de Cristo, algo extraordinario perturbó la superficie del planeta. No una sola civilización, sino docenas de ellas, separadas por océanos y cadenas montañosas infranqueables en aquella época, tomaron una decisión arquitectónica idéntica: elevar hacia el cielo una forma triangular. Los zigurat de Mesopotamia. Las pirámides de Saqqara y Guiza. Los montículos monumentales de Caral en Perú. Las estructuras piramidales de Shimao en China. En apariencia, formas distintas de culturas distintas. En geometría, la misma solución al mismo problema invisible.
La explicación estructural más extendida es cómoda: la pirámide es la forma más estable para apilar grandes cantidades de material sin que colapse. A medida que se asciende, el peso disminuye. La base sufre la carga máxima, la cima casi ninguna. Es física elemental. Pero esta explicación, que satisface a los ingenieros, no responde la pregunta más incómoda: ¿por qué esa forma se asoció universalmente a lo sagrado, a los muertos, a los dioses? ¿Por qué no un cubo? ¿Por qué no una esfera? Las civilizaciones antiguas podían construir de muchas maneras. Eligieron esta.
Los calendarios míticos de culturas sin contacto documentado apuntan hacia el mismo horizonte temporal como «inicio del mundo». El calendario hebreo fija la creación hace aproximadamente 5.786 años. El chino tradicional habla de 4.724 años de historia registrada. Los pueblos mesoamericanos situaban el inicio del ciclo actual en el año 3114 antes de Cristo. Tres sistemas cronológicos diferentes, construidos en extremos opuestos del planeta, señalando hacia una misma franja de tiempo: entre el 4000 y el 3000 antes de Cristo. El mismo momento en que las primeras pirámides emergen. La coincidencia exige, al menos, una pregunta.