Debajo de la imagen de reformador moderno hay algo que solo se vuelve visible cuando se observan los seis años siguientes completos, con todos los datos sobre la mesa. Cada decisión importante tocará exactamente uno de los pilares que sostenían el sistema soviético. Y cada vez que uno de esos pilares sea tocado, no se fortalecerá. Se debilitará. Sin excepción.
Primer golpe — 1985. Las finanzas del Estado. El país espera reformas económicas urgentes. Lo que recibe es una campaña contra el alcohol. El problema del alcoholismo era real, pero la solución fue demoledora: se cerraron destilerías, se limitó la producción, se arrancaron viñedos enteros en Georgia, Moldavia y Crimea, variedades únicas de uva destruidas en semanas por orden del Estado. Los ciudadanos comenzaron a producir alcohol casero en masa, el azúcar desapareció de las tiendas y el Estado perdió ingresos fiscales equivalentes a decenas de miles de millones de rublos anuales, justo cuando el precio del petróleo, principal fuente de divisas soviéticas, se desplomaba a la mitad.
Segundo golpe — 1986. El contrato moral entre el Estado y el ciudadano. Chernóbil explota. Las autoridades locales minimizan lo ocurrido desde el primer momento. Los habitantes de Prípiat, a tres kilómetros del reactor, pasan la noche sin saber nada. Al día siguiente, algunos llevan a sus hijos a ver el incendio desde los puentes porque nadie avisó del peligro. La evacuación tarda 36 horas. Gorbachov tarda 18 días en hablar públicamente del desastre. Chernóbil no destruyó solo un reactor. Destruyó la idea de que el Estado protegía a sus ciudadanos. Ese mismo año llega la Glásnost: apertura informativa. Los archivos se entreabren. Los periódicos publican lo que durante décadas estaba prohibido. La intención era que un sistema capaz de mirarse al espejo podría corregirse. El problema fue que nadie calculó lo que ocurre cuando derrumbas la narrativa que mantiene unida a una sociedad sin ofrecer ninguna otra en su lugar.
Tercer golpe — 1987. La economía. La Perestroika económica. Las empresas estatales deben ser responsables de sus propios resultados. El plan centralizado se afloja. Se permite cierta iniciativa privada limitada. El sistema soviético no estaba diseñado para funcionar a medias: era una máquina que necesitaba control total o libertad total. A medias, se bloqueaba. Los gestores no sabían tomar decisiones de mercado, los precios seguían siendo fijados por el Estado, la planificación se relajó sin que nada la reemplazara. Sin plan y sin mercado al mismo tiempo. Las tiendas se vaciaron no por falta de producción, sino porque el sistema de distribución había perdido su lógica interna sin encontrar una nueva.
Cuarto golpe — 1988. El mecanismo central de control. La 19.ª Conferencia del Partido crea un nuevo órgano legislativo con elecciones parcialmente competitivas. El Partido Comunista pierde su monopolio constitucional sobre el poder. El partido no era solo una organización política: era la columna vertebral de todo, la economía, el ejército, la administración, los medios, la educación. Cada decisión importante en cada rincón del país pasaba por alguna estructura del partido. Al retirarlo del centro, Gorbachov no creó una nueva institución que llenara ese espacio. Creó un vacío a secas. Las élites regionales empezaron a actuar por su cuenta. Ese mismo año estallaron los primeros conflictos interétnicos abiertos.
Quinto golpe — 1989–1990. El Imperio. El ejército soviético completa su retirada de Afganistán: 10 años de guerra, 15.000 soldados muertos, una retirada sin victoria transmitida en directo ante todo el mundo. Ese mismo año caen los regímenes comunistas en Europa del Este, uno tras otro. En noviembre cae el Muro de Berlín. Moscú no interviene. En la época de Brézhnev la intervención era automática. Ahora el mundo ve que ese mensaje ha caducado. En 1990 se elimina el artículo sexto de la Constitución, el que garantizaba al Partido Comunista su papel de fuerza dirigente. Las repúblicas bálticas declaran independencia. La economía en caída libre. Las tiendas vacías.