El guardián entre el centeno —título original: The Catcher in the Rye— fue publicada en 1951 por J.D. Salinger bajo el sello Little, Brown and Company. Era, en apariencia, una obra literaria convencional dentro del género de iniciación: un adolescente perturbado llamado Holden Caulfield narra, desde algún lugar no especificado que sugiere una institución psiquiátrica, su huida de un internado de élite y su deriva de tres días por Nueva York.
El libro no era un manifiesto. No había en sus páginas llamadas a la violencia, ni ideología política articulada, ni siquiera un villano claro. Era, como han señalado generaciones de profesores de literatura, un retrato psicológicamente preciso de la alienación adolescente: el miedo a la hipocresía adulta, el rechazo del mundo tal como es, la obsesión con la autenticidad. Salinger capturó algo real. El problema —si es que fue un problema, y no un diseño— es que lo capturó demasiado bien.
Porque lo que el libro realmente hace, con una eficiencia narrativa extraordinaria, es crear un espejo psicológico de alta fidelidad para un perfil muy concreto de lector: inteligente, marginado, convencido de que el mundo es falso y él no. Un perfil que, como la historia demostró repetidamente, también describe a cierto tipo de hombre dispuesto a actuar sobre esa convicción de manera violenta.