Un hijo de la diáspora judía que nació con una bomba en el patio trasero
El 12 de diciembre de 1946 nació en la Ciudad de México un niño cuyos padres, primos hermanos entre sí y judíos de origen polaco, habían llegado al país en los años 20 huyendo del antisemitismo europeo. Al desembarcar en Veracruz, su apellido original —Varsvski— resultó impronunciable para quienes los recibieron. Lo cambiaron por algo más manejable: Grinberg.
Desde pequeño, Jacobo fue el tipo de niño que desmontaba radios para entender cómo funcionaban. Un día, un profesor le explicó cómo fabricar pólvora. Él perfeccionó la fórmula. La bomba estalló en su propio patio. No era un niño que aceptara los límites de lo permitido como límites de lo posible.
Su infancia estuvo marcada por dos ausencias decisivas. Por el lado materno, su madre enfermó de un tumor cerebral cuando él tenía apenas 8 años. Jacobo tuvo que hacerse cargo de su cuidado mientras su padre brillaba por su ausencia. Ella murió joven, con 35 años. Por el lado paterno, una figura autoritaria y violenta que Grinberg asociaría más tarde con su búsqueda compulsiva de maestros dominantes a lo largo de su carrera.
Estudió en escuelas judías, se introdujo en el Talmud, la Torá y la cábala. Comenzó Física en la UNAM pero las matemáticas no eran su fuerte. Cambió a Psicología, donde encontró al hombre que moldearía su forma de entender la ciencia: el profesor más duro de la universidad, Héctor Brust Carmona. Para ser aceptado por él, Grinberg tuvo que someterse a pruebas extenuantes. Las superó. Se convirtió en su discípulo más fiel.
La investigación científica del cerebro requería una entrega total. Jacobo estaba dispuesto a dejarlo todo.
— Círculo académico de la UNAM, reconstrucción biográficaEl laboratorio de Nueva York y la grieta en la armadura del científico dogmático
A finales de los años 70, Grinberg viajó al New York Medical College para realizar su doctorado bajo la supervisión de Roy John, uno de los neurofisiólogos más relevantes de la época. El acceso no fue casual: Grinberg lo admiraba desde México, estudió su trabajo, lo contactó y fue aceptado con una beca del CONACYT.
En Nueva York investigaba la neurofisiología de la percepción. Quería entender cómo la actividad eléctrica del cerebro construye la experiencia consciente. El trabajo era riguroso, técnicamente exigente. Hasta ese momento, Grinberg era un científico convencional, incluso dogmático, que se reía de la psicología junguiana y rechazaba la existencia del inconsciente colectivo.
Entonces ocurrieron varias cosas casi simultáneas. Roy John le sugirió una idea que lo marcaría: en lugar de pensar el cerebro como neuronas independientes, imaginarlo como una distribución energética hipercompleja —la hiperneurona—. Un día, en el planetario, Grinberg miró el techo estrellado y vio el cerebro reflejado: un conjunto de puntos energizados interactuando, creando campos. El cielo y el cerebro eran lo mismo.
Al mismo tiempo, algo se rompía por dentro. Se separó de su esposa. Empezó a probar drogas. Meditó. Comenzó a hacerse preguntas que el laboratorio no podía responder. Un día entró por impulso en un edificio de Manhattan donde un gurú —Swan Muktananda— decía que las máquinas para entender el cerebro no servían de nada. Grinberg lo tomó como una señal.
Sin terminar el doctorado, abandonó el laboratorio y volvió a México.
La interpretación de este giro biográfico —abandonar un doctorado en una institución de prestigio por una señal mística— varía radicalmente según la fuente. Sus allegados lo describen como una búsqueda genuina. Sus críticos académicos lo leyeron como el inicio de una deriva pseudocientífica. Ninguna de las dos lecturas es objetivamente verificable desde la biografía disponible.
Chamanes, hongos y cirugías sin anestesia: el despertar espiritual de un neurofisiólogo
De vuelta en México, Grinberg negoció un acuerdo inusual con el CONACYT: mantendría la beca a cambio de escribir libros. A partir de ahí, se entregó a una exploración sin red de seguridad. Viajó a Huautla para consumir hongos. Habló con nubes y montañas. Experimentó con levitación. Visitó casas hechizadas. Convivió con brujos, astrólogos, hechiceros. Se instaló en Tepoztlán, lugar de nacimiento mítico de Quetzalcóatl.
Allí conoció a Don Lucio, el primero de los chamanes que marcarían su vida. Según el propio Grinberg, Don Lucio podía controlar el tiempo atmosférico: dar órdenes a la lluvia, comandar los rayos.
Pero la experiencia más perturbadora llegó en 1978, cuando la hermana del presidente de México, Margarita López Portillo, lo invitó a la residencia de Los Pinos para presentarle a alguien. Esa persona era Bárbara Guerrero, conocida como Pachita.
Pachita era una curandera de Ciudad de México que realizaba operaciones quirúrgicas sin anestesia, sin sutura y con un cuchillo de monte. Grinberg asistió a su consulta y presenció, según relata, quince operaciones en un solo día: cáncer, apendicitis, lesiones de médula, ceguera. Las heridas cerraban solas. No había dolor aparente. Los operados reían mientras sus entrañas y su sangre lo bañaban.
Ella pidió unas tijeras y cortó algo que produjo un olor fétido. En dos minutos había concluido la operación. La herida cerró instantáneamente.
— Jacobo Grinberg, relato en primera persona, compilación autobiográficaLo que convertía el fenómeno en algo aún más extraño era que Pachita no operaba como ella misma. Antes de cada intervención entraba en trance y emergía una personalidad alterna que se identificaba como Cuauhtémoc —el último tlatoani independiente del Imperio Mexica, derrotado por Hernán Cortés en 1521—, quien supuestamente accedía al mundo de los vivos a través del cuerpo de Pachita para completar una obra sanadora que no había podido terminar en vida.
Los fenómenos descritos por Grinberg en torno a Pachita —materialización de tejido orgánico de la nada, apertura y cierre de heridas sin instrumental médico, extracción de órganos latentes— no cuentan con documentación independiente verificable. El propio Grinberg reconoció que sus observaciones "no tenían ningún sentido desde el punto de vista científico". Narrarlos no equivale a validarlos.
Grinberg estuvo un año completo documentando las sesiones de Pachita. Luego viajó a la India, convivió un mes con un maestro yogi y pasó tres semanas meditando doce horas diarias. A su regreso, ya tenía claro cuál era el siguiente paso: sintetizar ambos mundos.
La Teoría Sintérgica: el cerebro no percibe la realidad, la construye
En sus años 40, Grinberg volvió a la academia. Completó su doctorado, obtuvo un puesto en la Facultad de Psicología de la UNAM y fundó el Instituto Nacional para el Estudio de la Conciencia, financiado por la UNAM y el CONACYT. Desde allí lanzó lo que consideraba la obra de su vida: la Teoría Sintérgica.
El nombre es un neologismo: síntesis + energía. En esencia, la teoría propone que la realidad que experimentamos no es la realidad en sí, sino una construcción del cerebro resultado de su interacción con lo que Grinberg llamaba la látis: una matriz energética espacial hiperdimensional que conecta todo lo que existe.
La látis, según Grinberg, es una red superconductora multidimensional sin discontinuidades, con capacidad vibracional extrema. Una roca, una partícula subatómica, un pensamiento: todo son distorsiones de esa red. Nada posee existencia absoluta e independiente, todo depende de sus interrelaciones con el resto del sistema.
El cerebro, en este marco, es una máquina neuronal capaz de mimetizar la estructura de la látis, una especie de modelo miniatura de ella. Lo que percibimos como "realidad" depende del grado de coherencia de esa conexión. Y aquí reside la clave de toda la construcción: a mayor coherencia cerebral, mayor acceso a capas de la realidad normalmente inaccesibles. Los fenómenos que la ciencia llama paranormales —telepatía, levitación, materialización— serían simplemente el resultado de un cerebro funcionando en una banda sintérgica distinta.
La teoría absorbía influencias heterogéneas: el entrelazamiento cuántico, la dualidad onda-partícula, la hiperneurona de Roy John, la cábala, el hinduismo, el budismo, Platón, Spinoza, Hegel. Una síntesis deliberadamente imposible de clasificar, diseñada para operar exactamente en esa zona fronteriza donde la ciencia y la mística se tocan.
La Teoría Sintérgica no ha sido validada ni refutada formalmente por la física teórica o la neurociencia contemporánea. Su uso de conceptos de la física cuántica ha sido criticado como una extrapolación no justificada —un error común en la literatura pseudocientífica conocido como "quantum mysticism". Que Grinberg utilizara terminología científica no convierte automáticamente sus hipótesis en ciencia.
Cámaras de Faraday, flashes de luz y algo que se transmitía sin señal conocida
La teoría necesitaba datos. Grinberg diseñó un experimento concreto, replicable en principio y publicable en revistas indexadas. El protocolo era el siguiente: se seleccionaban parejas de personas con un vínculo fuerte —meditadores habituales, o personas con lazos emocionales profundos— y se las separaba en cámaras de Faraday: recintos blindados electromagnéticamente, impermeables a cualquier señal de radio, wifi, o campo electromagnético convencional.
A uno de los dos sujetos se le aplicaban ráfagas de flashes de luz. Al otro no se le decía nada. Ambos estaban conectados a electroencefalógrafos. La pregunta era simple y radical: ¿respondía el cerebro del receptor a algo que su compañero estaba experimentando, sin que ningún canal conocido de comunicación fuera posible?
El resultado que Grinberg publicó en la revista Physics Essays en 1994 decía que sí: en aproximadamente un 25% de las parejas, el cerebro del receptor mostraba actividad coherente con la actividad del emisor. Lo llamó potencial transferido.
Título del artículo: Rosen Paradox in the Brain: The Transfer Potential
Autores: Jacobo Grinberg-Zylberbaum et al.
Resultado principal: Correlación electroencefalográfica entre sujetos aislados electromagnéticamente durante estimulación visual.
Estado de replicación posterior: Parcial. Algunos laboratorios han intentado replicarlo con resultados inconsistentes.
El propio Grinberg era consciente de las limitaciones. Los resultados eran preliminares, la estadística pequeña, las conclusiones audaces en exceso para los datos disponibles. Pero también estaba convencido de que el siguiente paso —repetir el experimento con una cámara en México y otra en la India, a miles de kilómetros— produciría evidencia más sólida. Nunca llegó a realizarlo.
La ciencia no se define por su tema, sino por su método. Puedes investigar lo que quieras. Si lo investigas bien, estás haciendo ciencia. Si lo investigas mal, estás haciendo charlatanería.
— Jacobo Grinberg, en declaraciones a colegas, período 1990-19948 de diciembre de 1994: el científico que no volvió
Tenía 48 años. Estaba en el mejor momento de su carrera. Había iniciado los preparativos para un viaje a Nepal donde continuaría sus investigaciones. Tenía una hija a quien, según todos sus allegados, estaba profundamente unido. No mostraba signos de depresión ni de querer desaparecer voluntariamente. El 8 de diciembre de 1994, Jacobo Grinberg no apareció en el trabajo. Tampoco en su casa.
Dado su carácter itinerante y los continuos viajes que caracterizaban su vida, nadie dio la alarma de inmediato. Cuando la investigación se inició, ya habían pasado los primeros días, los más críticos. Y lo que encontraron en su domicilio resultó extraño: habían desaparecido discos duros con información de sus investigaciones. Su esposa —Teresa Mendoza, con quien se había casado recientemente de forma repentina— fue vista en los días posteriores a la desaparición. Poco después, ella también desapareció.
El investigador asignado al caso, Clemente Padilla, encontró un testigo que afirmaba haber visto a Grinberg en Boulder, Colorado, acompañado de personas que describió como agentes de la CIA, a bordo de un vuelo privado. Padilla investigó y encontró viajes previos de Grinberg a Colorado para colaboraciones científicas que nadie en su entorno conocía —ni siquiera su hija— siempre con itinerarios indirectos y aparentemente diseñados para no dejar rastro claro.
Padilla fue apartado del caso sin explicación. Cuando el hermano de Grinberg intentó reactivar la investigación con nueva documentación, el informe policial original había desaparecido de los archivos.
Todo lo relativo a la participación de la CIA, los viajes a Colorado y la identidad real de Teresa Mendoza proviene de fuentes secundarias, declaraciones de testigos únicos y reconstrucciones periodísticas sin documentación primaria verificada. El documental de 2020 presenta estas líneas narrativas como hipótesis, no como hechos probados. Reproducirlas aquí no equivale a confirmarlas.
930.000 documentos desclasificados y un nombre que no debería estar ahí
En enero de 2017, como parte de una campaña de transparencia del gobierno de Estados Unidos, la CIA hizo públicos 930.000 documentos clasificados relacionados con el Proyecto Stargate: un programa ultrasecreto de investigación sobre percepción extrasensorial, visión remota y control mental que operó durante décadas en el contexto de la Guerra Fría.
Entre esos documentos aparece el nombre de Jacobo Grinberg.
Programa: Stargate (también conocido como Gondola Wish, Grill Flame, Center Lane, Sun Streak)
Período activo documentado: aproximadamente 1978–1995
Objetivo declarado: investigación de capacidades psíquicas con potencial de inteligencia militar
Conexión con Grinberg: Mencionado en documentos internos. Naturaleza exacta de la relación: no completamente desclasificada.
El Proyecto Stargate no era el único programa de este tipo. Durante la Guerra Fría, la CIA y diversas agencias de inteligencia estadounidenses invirtieron recursos considerables en investigar si era posible utilizar capacidades parapsicológicas para obtener ventaja estratégica sobre la URSS, que supuestamente desarrollaba programas similares. Los proyectos MK-Ultra y Pandora —este último centrado en el efecto de microondas sobre el comportamiento humano— forman parte del mismo ecosistema.
En ese contexto, un neurofisiólogo mexicano con credenciales académicas sólidas, publicando resultados sobre telepatía en revistas indexadas y diseñando experimentos de comunicación sin canal electromagnético conocido, habría resultado de interés obvio para cualquier servicio de inteligencia de la época.
Que el nombre de Grinberg aparezca en documentos del Proyecto Stargate es un hecho verificable. Lo que no es verificable es la naturaleza, profundidad o voluntariedad de esa relación. Que su investigación coincidiera con los intereses del programa no implica que fuera un colaborador activo, ni que su desaparición tuviera causa institucional. La coincidencia es real. La causalidad, por ahora, no está documentada.
En esos años, varios estados soberanos invirtieron recursos en estudiar si la mente humana podía ser un arma. La pregunta relevante no es si eso ocurrió —ocurrió— sino qué encontraron.
— Análisis editorial, Caos y Destino¿Genio o charlatán? La pregunta incómoda que el propio expediente no resuelve
Grinberg fue, durante sus años de formación, un científico riguroso y técnicamente competente. Sus primeras investigaciones sobre electrofisiología del aprendizaje eran sólidas, sus publicaciones convencionales y su trabajo de laboratorio meticuloso. Eso es un hecho.
Lo que ocurrió después admite lecturas radicalmente distintas. Una: un científico brillante que, tras alcanzar los límites del paradigma dominante, decidió explorar más allá con herramientas metodológicas legítimas, pagando el precio social de la heterodoxia. Otra: un científico que sufrió una crisis de identidad y terminó construyendo un sistema pseudocientífico elaborado que mezclaba datos reales con especulación sin evidencia suficiente.
Lo que sí es observable: sus experimentos con cámaras de Faraday tenían un diseño razonablemente controlado. Los resultados que publicó eran preliminares y estadísticamente débiles, como él mismo reconocía. La conclusión de "potencial transferido" iba muy por delante de los datos disponibles. Y el salto conceptual entre esos datos y la Teoría Sintérgica completa era enorme.
Pero también es verdad que algunos laboratorios intentaron replicar sus experimentos después. Que la neurociencia contemporánea sigue sin tener una explicación satisfactoria del problema de la conciencia. Que los programas militares de inteligencia de la época gastaron decenas de millones de dólares en investigar exactamente el mismo tipo de fenómenos que Grinberg estudiaba. Eso no valida su teoría. Pero sí dice algo sobre el momento histórico en que operó.
Lo que queda cuando se va el científico, el chamán y el expediente
Hay hechos en el caso Grinberg que no están en disputa. Un neurofisiólogo con credenciales verificables publicó resultados sobre comunicación extrasensorial en una revista indexada. Semanas después desapareció sin dejar rastro, junto con sus archivos digitales y su esposa. La investigación policial se abrió tarde, fue interrumpida y el expediente físico desapareció. Treinta años después nadie sabe qué le ocurrió. Y su nombre aparece en documentos de un programa de inteligencia ultrasecreto desclasificado décadas más tarde.
Todo lo demás —la CIA en Colorado, Teresa Mendoza como agente encubierta, la desaparición como silenciamiento deliberado— son hipótesis narrativas construidas sobre indicios. Pueden ser verdad. Pueden no serlo. No lo sabemos.
Lo que el caso sí ilumina, con independencia de su resolución, es algo sobre cómo funciona el mundo: qué ocurre cuando la investigación científica toca territorios que los estados consideran estratégicos, qué tipo de programas se financian en los márgenes del consenso académico, y cuánto de lo que consideramos "ciencia legítima" ha dependido siempre de quién paga, quién clasifica y quién decide qué se publica y qué desaparece.
Una parte significativa de este artículo recoge hipótesis especulativas, testimonios de fuentes únicas y conexiones circunstanciales que no han sido probadas documentalmente. El criterio para evaluar su validez es del lector. Caos y Destino no afirma como verdad lo que no está documentado. Narrar no es confirmar.
¿Qué estudió exactamente Grinberg en esos últimos meses? ¿Qué había en esos discos duros que desaparecieron? ¿Por qué aparece su nombre en un programa de inteligencia militar? ¿Dónde está Jacobo Grinberg?
Treinta años de silencio. Y la verdad, como siempre, sigue estando ahí fuera.