Durante décadas, la palabra Atlántida ha evocado imágenes de una ciudad sumergida en las profundidades del océano, un decorado perfecto para blockbusters de superhéroes acuáticos. Esa imagen —intencionadamente ridícula— es, según algunas hipótesis que circulan al margen del consenso académico, precisamente el punto. La Atlántida no habría que buscarla en el fondo del mar. Habría que buscarla en el suelo que pisamos.
La denominada civilización atlántica —término que algunos investigadores prefieren al de "Atlántida" para evitar las connotaciones fantasiosas— habría tenido su epicentro en lo que hoy es la Península Ibérica y el norte de África. La geografía tiene su lógica: al norte, las grandes barreras glaciares del Pleistoceno; al sur y al este, el avance del desierto sahariano. En ese intervalo climáticamente privilegiado, la costa atlántica española habría concentrado las condiciones óptimas para el surgimiento de una cultura compleja y organizada.
Una de las localizaciones más citadas fuera del circuito académico convencional es la provincia de Huelva y su entorno marismeño. Las marismas del Guadalquivir, con su singular topografía y sus vestigios de patrones de asentamiento extraordinariamente antiguos, han sido señaladas en más de una ocasión como área de interés arqueológico de primer orden, aunque las excavaciones sistemáticas en esa clave interpretativa siguen siendo marginales.